Los tres músicos

Ser director
de una quieta orquesta no es fácil.
Aún así
podría elevar mi batuta
y podría fijarme en vuestras notas
inexistentes,
olvidadas del tono perfecto,
dejadas de caer sobre el trigrama música;
en vuestros hilos inconexos de la solfa;
en vuestro mustio, ajado, lacio sentimiento…
Y os diría:
¡No suena melodía!…
Aún así
podría elevar mi batuta
y podría observar vuestros cadáveres:
sois tres fantoches,
con vestidos conforme a vosotros,
con barbas y bigotes y enmarcadomascarados;
figuras misteriosas sepelidas bajo un lienzo,
tan sordas, tan patéticas, tan turbias y acotadas…
Y os diría:
¡Antimelancolía!…
Aún así
podría elevar mi batuta y deciros:
¡Sois el desorden más grupo que he visto en mi vida!
Y comprendo vuestras negras partituras
entre sombras de perros y caballos,
y comprendo que la flauta
es un instrumento de cuerdas
y que la guitarra
tampoco lo es de cuerdos.
Pero no importa,
seguid, seguid tocando,
para eso os he pagado…
Para eso os he pintado…

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