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Los tres músicos

Ser director
de una quieta orquesta no es fácil.
Aún así
podría elevar mi batuta
y podría fijarme en vuestras notas
inexistentes,
olvidadas del tono perfecto,
dejadas de caer sobre el trigrama música;
en vuestros hilos inconexos de la solfa;
en vuestro mustio, ajado, lacio sentimiento…
Y os diría:
¡No suena melodía!…
Aún así
podría elevar mi batuta
y podría observar vuestros cadáveres:
sois tres fantoches,
con vestidos conforme a vosotros,
con barbas y bigotes y enmarcadomascarados;
figuras misteriosas sepelidas bajo un lienzo,
tan sordas, tan patéticas, tan turbias y acotadas…
Y os diría:
¡Antimelancolía!…
Aún así
podría elevar mi batuta y deciros:
¡Sois el desorden más grupo que he visto en mi vida!
Y comprendo vuestras negras partituras
entre sombras de perros y caballos,
y comprendo que la flauta
es un instrumento de cuerdas
y que la guitarra
tampoco lo es de cuerdos.
Pero no importa,
seguid, seguid tocando,
para eso os he pagado…
Para eso os he pintado…

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Las señoritas de Avignon

Son las esquinas de París…
Marines impacientes…
Francesas afrentadas frente a júbilos sexuales…
Acordes acordeónicos…
Pero faltas aquellas,
aquellas que el pintor robó.
Solas esquinas de París…

En el lecho del pintor
la paleta rompe, calca imagen:
«¡Vosotras cinco… quietas!»…
Y sus cinco bellos cuerpos
son llevados al lienzo ansioso…
Comienza así una bacanal
de pinceles, de pinturas,
de una mano
que plasma el derrame orgasmítico
de tórridos colores dislocados
que gritan: ¡piernas, caderas,
puntas mamales, caras!…
… Y el incógnito placer femenino
se relame ante el pincel picasshumano…
Los visillos y tapices anonadados
disimulan no ver cuerpos deformados… ¡Metadistorsión!…

Y las cinco santas
suripantas
quedan vírgenes para el tiempo,
pero solamente como estampas
porque
un pincel se desploma sobre el lienzo
segregando los residuos de un placer…

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